SOMOS PREVISIBLES PORQUE NO CAMBIAMOS.





   Yo no lo sabía. Hice una encuesta entre los cercanos que por interés o profesión podían conocerlo, y sólo algunos recordaban un documento lejano que calificaron en su día de “ciencia ficción”. Insisto, entre los cercanos. Habrá profesionales y políticos que lo tendrían de manual de cabecera. Tampoco me había enterado, y pregunté, si en algún momento recordaban si, con esto del COVID-19, alguien lo había referido. Los cercanos tampoco lo habían oído ni en ruedas de prensa ni en tertulias. 
   El documento tiene por título Plan de Pandemia de Gripe. A disposición pública en el Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2020, Ministerio de Sanidad y Ministerio de Consumo. De fecha, y por ello mi interés, 2005 con revisión 2006. 
  En el 2005, la OMS definió seis fases con objeto de que los países hicieran frente a riesgos de salud pública por pandemia. Ese año se consideraba que el mundo estaba en alerta 3, algo así como que aún no había pasado ningún virus a los humanos pero que las probabilidades eran muy altas. En él se señala la amenaza que supone la cercanía con la fauna salvaje, sobre todo en Asia donde había más riesgo de mutación a seres humanos. Nos acercaríamos, decía el informe, al peligro de pandemia si en la fase seis, nivel 2, aparecían en un país entre uno a varios casos (de ahí la búsqueda del paciente cero). Hasta el nivel 3 de la fase 6, la más alta, la OMS daba toda una serie de recomendaciones. Llegados al nivel 4, advertía que cada país tirara de lo que tuviese porque las consecuencias serían imprevisibles: “la demanda de asistencia sanitaria aumentaría en un espacio breve de tiempo, por lo que es necesario intensificar la preparación para la respuesta de la salud pública…entre los afectados se encontraría el personal sanitario y trabajadores de servicios esenciales con la consiguiente carencia de servicios humanos…”. Se añade que, por la facilidad de difusión de un virus en nuestro tiempo, se extendería con rapidez, reconociendo que era difícil imaginar el método para afrontarlo. Aportaba un estudio que señalaba que un virus en Asia tardaría un mes en llegar a Europa y que incluso evitando el transito de personas en un 99% sólo lo retrasaría dos meses. Una vez en el continente, en tres semanas se propagaría por todos los países.
De esas directrices, el gobierno de entonces elaboró un documento completísimo “trabajado con las Comunidades Autónomas para disponer de planes locales que tengan preparados los recursos necesarios”. El informe que señalo y que se encuentra en la web del gobierno contiene entre muchas más instrucciones: la coordinación entre CCAA y lo que acuerdan para adaptar sus recursos y sus estructuras organizativas, protocolos y manejos clínicos frente a una pandemia; respuestas ante un aumento brusco de la demanda asistencial, clasificación de pacientes y desvíos para evitar contagio; CCAA más Comité Científico y Comité de Vigilancia entre otros grupos para asumir las decisiones; canales de distribución de medicamentos y equipos de protección personal; cálculo de 3 a 9 meses de poder repetirse los contagios; dificultades de cuenteo de casos y fallecidos, casos confirmados, PCRs; cómo coordinarse con empresas para que contaran con su propio plan y con personal formado para dar respuestas a la pandemia; aislamientos, cuarentenas, distanciamientos social, teletrabajo, no tocarse la cara y cómo lavarse las manos o cómo informar a los ciudadanos…Es decir, tal cual estamos recibiendo las instrucciones del gobierno, todo eso que repiten las cadenas de información. Como si estuviese escrito antes de ayer, pero el documento es de 2005 y 2006. Es decir, nada improvisado, todo era previsible.
Señalar dos matices. No hay una instrucción concreta sobre el uso de mascarillas; como dice el informe, es difícil preverlo todo. Y, si lo leen, verán que desde el nivel 2 de la fase pandemia imaginada para “varios” contagiados en “ciertos” focos, hasta el nivel 3 y 4 de nuestra realidad, hay un déficit de imaginación importante: 200.000 contagios y más de 20.000 fallecidos; a esto debe referirse el informe con el “sálvese el que pueda”, a lo que han dado mejor respuesta los sistemas sanitarios más fuertes y sociedades más serenas. Y una más que, los protocolos (cómo hacer el informe, documentos, estadillos donde recoger el historial de los pacientes) que acompaña como necesarios para llevar el control de la pandemia, se ven diseñados para brotes pequeños y confinados, y no para este sindios de asintomáticos y contagiados con lo que nos tiene el bicho en jaque. Respecto a las garantías de material para los profesionales se da por supuesto que cada Comunidad tendrá de sobra, en aquel entonces era mucho suponer que no hubiese capacidad de producirlo o adquirirlo. 
Digo con todo esto que ha pasado lo previsible. Para colmo, anteriores epidemias no llegaron a tanto y el dinero invertido en soluciones acabó no siendo necesario, así que bajamos la guardia y en todo el mundo, no sólo España, disminuyó el gasto sanitario, porque el sistema económico así lo demandaba a obedientes cabezas financiadas. Y, la guinda, el retraso de China en informar, la OMS siguiendo el protocolo, por experiencias anteriores, mediante la búsqueda del paciente cero para aislarlo, porque no se sabía que el virus era invisible al termómetro los primeros días y ya estaba muy repartido, muy repartido. 
Es decir, ahora sí que no entiendo que en España estemos armando un conflicto político. Pero el drama no es la politización de una pandemia, cosa también previsible en la política española, una tontuna de esperpento a la que no encontramos vacuna. El drama que hace tan dolorosas las muertes es que tanta suma de inteligencias que lo habían previsto con tanta precisión, tantos encuentros, tantos viajes para llegar a tales conclusiones, tantos gastos necesarios sin duda, esfuerzos en estudios y sabiduría puesta en análisis y logaritmos sanitarios, no han servido para nada, se han desoído, estábamos a otras cosas y todavía muchos siguen estándolo. Lo terrible es que tanto esfuerzo no ha servido para salvar vidas. El sentimiento de impotencia de la Biblioteca Universal, suma de todas las lenguas, es la de no haber impedido tantas víctimas en guerras civiles, holocaustos y pandemias. 
La repuesta de los gobiernos, también ha sido prevista por la psicología social. Van de una horquilla entre comportamientos de comunidades asiáticas menos individualistas a las más individualistas expresadas en la respuesta de Trump. También era previsible la forma de comunicar dependiendo del concepto que un gobierno tiene de su país, desde la necesidad de ordenar a través del miedo y que no se me desmande este rebaño, al concepto de ciudadano emancipado capaz de entender sus responsabilidades. Previsibles también las respuestas ciudadanas: la búsqueda de un chivo expiatorio a quien culpar, los balcones delatores, señalamiento de apestados, los bulos, la creencia de inmunidad por cuestión de raza, etnia o religión, el que hay de lo mío, la entrega de abnegados, la profesionalidad de algunos pese al desconcierto generalizado, el horroroso papel de los medios de información…todo ha sido anticipado por la psicología social si repasan los manuales. Por eso aciertan las novelas de ciencia ficción, porque en una situación futura el ser humano se comportará como siempre. 
   Queda claro que la discusión importante debiera ser cuánto tiempo más vamos a seguir siendo unos necios vanidosos. Cuántas víctimas más sin duelo, o sin sepultura o sin saber dónde están sus cuerpos, no van a poder impedirse mediante una suma de inteligencias y de sensibilidades a nuestro alcance y demostrado que con ellas podemos encontrar soluciones a problemas futuros. A ver con la vacuna peleada, no se levante la nueva lápida de una fosa común. Es hora de la suma de inteligencias y de la alegría de la razón. No seamos previsibles.  

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