Espagoles todos
Espagoles
todos
Hace diez años fuimos, por primera y única
vez en la historia, españoles todos. Conseguir el campeonato en un mundial de
futbol hizo que ondeara la bandera nacional hasta en aquellos territorios donde
había representado lo peor de lo peor. Batallas, reconquistas, descubrimientos,
folclore, religión, gastronomía, lenguas, avatares y otros éxitos, jamás fueron
el engrudo para unirnos. Siempre este país tuvo como mínimo dos bandos, tres
intereses, cuatro palos en la baraja, cinco poderes, seis dimensiones y siete jinetes
del apocalipsis…así, progresivamente hasta hoy, con cuarenta millones de razones
para ponerse o no la mascarilla.
Nunca fuimos un país. Se intentó. Se sigue
intentando, pero sin éxito. Hasta en la guerra de la Independencia hubo
discrepancias internas y sólo es fiesta en Madrid. Ni en las Navas de Tolosa
todos los reyes participaron. Ni el descubrimiento de América hizo peña, como
puede verse en La Misión para los que prefieran el Cine a un libro de Historia.
No hay cuórum ni con los muertos. Se monumentaliza los “caídos” por el virus, pero
se pisa la tierra de las cunetas cuando la memoria histórica la puede mollar.
El único espacio neutral y común en este
país son los campos de futbol. La única expresión de raza: la selección española
que resiste los embates separatistas y al final reúne a las huestes de todo el
territorio. La única manera de discutir eternamente sobre un problema sin
dejarse de hablar para siempre, es si fue o no penalti. Sólo hemos sido una
nación cuando hemos sido “espagoles”.
Mientras llega otra oportunidad para volver
a ser país, y después de que pase el día de hoy donde las imágenes para el recuerdo
agiten nuestra memoria emocional, seguiremos no siéndolo.
Hay muchos motivos para no esperar. En otros
lugares cuando su presidente o su rey se evidencia que es un corrupto, el país
se planta bajo su balcón, pacíficamente, hasta que abandona el cargo. Cuando un
partido político es calificado en los juzgados como organización criminal, la
ciudadanía impide que ni siquiera llegue a ser oposición en ningún parlamento. Cuando
en otros países sufren epidemias o desastres naturales, hacen piña más allá de
los balcones y llenan cazuelas con “todos a una”. Cuando en otros países no
está permitido la compra legal de armas, nadie se pone la bandera nacional en
la máscara para encañonar a los demás. Cuando en otros países se descubre que
alguien miente, pierde credibilidad y respeto. Es decir, los ciudadanos
encuentran otras oportunidades para unirse en “el común” que les afecta.
“Parresîa es un término griego que puede
traducirse como hablar con sinceridad, como el decir verídico. Implica algo
externo, que es la libertad de palabra, pero sobre todo algo interno, la
veracidad de la actitud. La verdad del discurso debe ser necesariamente la
verdad de la vida…” Luis Roca Jusmet. Una ciudadanía unida, independientemente de sus creencias
personales, es la que procura convivir en la parresia.
Parresia personal con
las amistades (el compromiso que se asume al dar una palabra). Parresia política
(la obligación de argumentar con verdad y sin retórica. Contraria al insulto,
que no es acusación, y que se sabe inmune a los juzgados). Parresia sabia (escuchar
las palabras, y los silencios, de quien sabe, sin construir para él una hoguera
permanente en la pira de las redes donde fulminarlo).
La parresia debiera ser, en última instancia,
el motivo de unión para un país. Pero a España, donde al que habla de lo
verdadero puede llevarle a sufrir todo lo peor, desde el desprecio a la
violencia, sólo le queda una oportunidad de unión: no dejar nunca de ser “espagoles”.
Aunque perdamos la copa, aunque haya sido penalti, eso jamás pondrá nuestra
convivencia en peligro como sí lo hacen las denuncias del tráfico de leyes e
influencias de los de siempre, o de los repartos obscenos sin sanción pública,
en gobiernos locales, regionales, nacional, internacional.
Viviendo la
pasión de un mundial al menos una vez al mes, cubriríamos con suficiencia el ímpetu
nacional que nos una. Claro que por este camino puede que lleguemos a extinguirnos,
pero también puede que la extinción sea nuestra única unidad de destino, la más
deseable.

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