Banco de lágrimas
Hay un banco
de lágrimas. El neurobiólogo Noam Sobel las ultracongela pues han de estar
frescas para poder analizarlas, y así son conservadas inmediatamente después de
que un ser humano las haya producido. Aún no sabemos por qué se llora, es decir
por qué expelemos ese liquidillo salado tras ciertas emociones. Unos dicen que
es cosa primitiva y, otros, que son el instrumento de la cohesión social. Sobel
ha averiguado que las lágrimas femeninas contienen feromonas que reducen los
niveles de testosteronas de los varones cercanos. Me pregunto si tendrán la
misma composición las lágrimas de una víctima de la guerra que las del tirano
que llora la pérdida de su perro. Si son las mismas las de un desahucio que las
de una final olímpica. No veo cómo saltarse la ética y acudir con probeta en
busca de la lágrima de un refugiado o una violada, por ahora la recogida es con
voluntarios. Ser donante de lágrimas tiene su curre. ¿Acabaremos coleccionando
nuestras lágrimas como los autorretratos de vacaciones llamados “selfis”? Hasta
entonces, bébaselas que algo acarrean.

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