La naranja de Miguel


   Yo en Reyes recibo una naranja. Sabemos que no eran Reyes, y que puede que fueran más de tres, pero cuando el imaginario popular lo acepta como existente, existente es (si no, lean Umberco Eco/Reyes Magos que está en las uves dobles, y que tiene más predicamento que yo). Por eso dejar a los Reyes en paz con su tarea. Más cuando podemos compararlos con los “Relles” de ahora que se llevan y no traen.  Es Mago y Rey quien custodia tesoro y lo comparte (si no, lean a Polanyi y su Sustento del Hombre). 

   Yo en Reyes recibo una naranja. Me la trae Miguel Hernández (un joven mago que se perdió en Madrid). En la primera visita a Madrid del poeta, cuando la cultura local era demasiado estrecha para su obra en ciernes, conoce intelectuales y un día decide regalarles una caja de naranjas de su pueblo en agradecimiento a su hospitalidad literaria. Miguel calzaba las abarcas esas que puso un día de reyes en la ventana y que amanecieron vacías. Llegó la carga en tren. A pie cruzó todo Madrid, sobre sus hombros el regalo. Cuando llegó a casa de sus conocidos, estos se habían ido de vacaciones a la playa. Las naranjas enviadas por su familia eran más que un presente, era privarse de alimento, por lo que Miguel volvió a cruzar Madrid, sobre sus abarcas, y envió de nuevo las naranjas a su familia para que no se perdieran. 

   Yo, cuando estuve en su huerto de Orihuela, le pedí una, por aliviar la carga y por agradecerle tanta generosidad hasta dar la vida por nosotros. Magia que nos une desde entonces porque cada año recibo el seis de enero una naranja que es de Miguel, en el que creo.

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