Queda más que dicho.
Nada más amanecer, las concertinas contra la verdad que levantan las tertulias en los Medios, elevaron dos cuartas las alambradas. Parecía que un país hablaba de lo que había pasado en otro. Incluso los análisis más profundos sobre la Moción no renunciaron a valorar, como si fuesen actores en sus papeles, a los dos mandatados de Podemos, y si dichos papeles fueron cortos o largos, y si su tono fue grave o agudo. Se oía un tribunal de oposición que examina a un par de jóvenes que han sacado la bola del tema de la corrupción pero que podrían haber sacado cualquier otra. Si la Moción de Censura había deslegitimado al Gobierno el día anterior, esta postura de evaluador externo deslegitimó a los “tertulistas” y a todo tribunal en días sucesivos. Es obligación del Poder silenciar la mayoría y, contra esa mayoría, recordar: no se metan ustedes en política, es una profesión y la plaza se gana no defendiendo lo común sino defendiendo cada uno lo suyo y el que más pueda, capador. Por eso esta mala democracia prefiere elegir territorialmente a los parlamentarios y luego “congregarles” para que según sus habilidades consigan “para los suyos” (no para los que les eligieron) las ventajas y los negocios. Sin embargo, un grupo de ciudadanos, ejerciendo la democracia republicana, decidió llevar la Moción a la tribuna, donde quedó más que dicho que la casa de todos no es de todos, que su interior está corrompido y que amenaza derrumbe por lo que conviene abrir hospital de campaña, salirse del solar y detener a los responsables.
Nada más anochecer, cada cual aguantó su vela.
Independientemente que uno hubiese visto todo el debate o no, la cosa es que ya
nadie puede estar ajeno a lo que allí se dijo, en parte gracias a que nadie
dijo que lo expuesto fuese mentira. Se cargó contra quienes lo dijeron, nada
más. Es decir, nadie, ya, en este país puede decir que no sabe que su gobierno
es corrupto. Es por eso que los forofos y afectos al mismo se pasaron la mañana
buscando comparaciones con otros casos y validando, sin querer, la tesis de la
Moción. Pero el Poder debe engañar a la mayoría haciéndole creer que: siempre
habrá pobres y ricos; todos tenemos derecho a consumir; somos libres pues las
leyes nos garantizan acceder a nuestros deseos si podemos pagárnoslos. Y claro
que un plebeyo (lo son desde el lavacoches hasta el médico o el abogado, los
ricos son otra cosa y no están a la vista y escrutinio del vulgo congregación)
por falta de éxito personal se adhiere al éxito de un partido de futbol o de un
partido político. Y de ese creerse exitoso piensa contra los que en verdad son
los suyos. No sabe a quién está obedeciendo. Y que su saber vivir es el que le
imponen y no el de su libertad. Sin embargo, un grupo de ciudadanos ejerciendo
la democracia republicana ha señalado, como corresponde por imperativo moral, que
este no es el mundo que queremos y ha opuesto toda su fuerza que quedó
representada en la Moción. No por la suma de votos, al ser una Cámara que no
representa en justa medida a su pueblo, sino por la fuerza argumental sostenida
por evidencia histórica de que esto viene de lejos y no es la cosecha puntual
de cuatro canallas. Quedó más que dicho que su orgía vomita parados,
desahuciados, mal asistidos en salud, estudiantes que abandonan por falta de
recursos, ancianos sin pensión y niños desnutridos.
Nada más atardecer, antón pirulero. La militancia de
movimientos y partidos y sindicatos y asociaciones y mareas, despertaron de la
siesta de siglos para verse en primera línea o vanguardia. La Moción se detuvo
a finales del XIX, pero apelaba al siglo XVIII y sus revoluciones. Aunque ha
sido negado hasta por el comunismo y la socialdemocracia, venimos de aquellas
revoluciones. Venimos de la defensa de lo común y de la unión del campesinado y
la clase obrera. Venimos de defender la tierra cuando a principios del XVIII se
cercaron las haciendas para su explotación por el oligopolio impidiendo el
abastecimiento básico para las personas y asalariando a la gente que así perdió
su libertad. Venimos de la revolución francesa que puso a disposición del
pueblo la capacidad de decidir sobre sus asuntos pues no bastaban las leyes
para garantizar la libertad, sino que había que construir un ethos de valores,
una cultura que pensaba la sociedad como grupo por encima de las
individualidades. Claro que fuimos derrotados, que la Tercera Asamblea fue
ocupada por las elites que querían una masa con derechos pero que no protestara
y cuestionase el poder de las élites. El gobierno de los que saben. Pero queda
más que dicho por esta Moción que somos los aquellos y que cada cual deberá
asumir su responsabilidad y que mientras se levantan concertinas a la verdad y
se distrae a la sociedad, es nuestra obligación hacer casa nueva. Que la
política es deliberación y no gestión. Que aunque estamos en derrota, pues son
muchos años sin intervenir políticamente y creyendo que la democracia
republicana era inviable, tenemos razón en querer validar nuestro experiencia
que entiende que un buen gobierno es el que busca la felicidad de las personas
y no los gananciales de la producción y el progreso astuto a través de la
acumulación de bienes. Con la Moción, queda más que dicho dónde estamos. A la
tarea.
Fernando Martos

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